El reloj acaba de dar las siete de la mañana, el sol tenue de julio comienza a pintar de leve ámbar las casas bajas del pueblo. Las descascaradas paredes y las cerradas copas de los árboles de la vereda, devuelven un pálido reflejo sobre el rostro de Nélida. Ella barre la vereda, con paciencia, baldosa por baldosa, pequeñas hojas de naranjo agrio y un poco de polvo y de papelitos que dejó el día anterior, todo eso barre Nélida hacia el cordón cuneta. Nélida barre la vereda y lo hace en silencio, con devoción, con extrema lentitud y prolijidad, barre los papelitos suavemente, los arrea hasta ese pequeño montículo que hizo en el cordón cuneta, depositando cada carga de tierra y hojas y papeles con gesto sereno, como si lo allí dejado no pudiera volver a subirse ante la menor brisa causada por un vehículo al pasar.
Nélida barre la vereda. Sabe que mientras más tiempo tarde en esa ritual tarea, menos tiempo deberá permanecer en la caliente y sofocada cocina de su casa. Allí Juanjo, su esposo, con la taza de café en una mano y una tajada de pan en la otra, desayuna con la mirada perdida en una grieta de la pared, cerca de la ventana, donde despierta una pequeña araña. Juanjo no piensa en la araña ancestral que teje su laboriosa trampa, ni piensa en la grieta que quizás se deba a un caño roto de la cocina. Juanjo sólo desayuna y al terminar, saldrá como todos los días, en su gastado traje de obrero raso, de simple operario, hacia la fábrica. Y Nélida lo despedirá en la puerta de casa, mientras barre la vereda.
Nélida barre, pensativa, paciente. Los chicos aún duermen, los tres en la misma habitación. Los tres se levantaran a su tiempo, con la misma pereza cotidiana, cuando ella los llame, como siempre, primero dulcemente y luego a los gritos. Nélida lo sabe, sabe que no querrán levantarse, que dirán cosas absurdas en sueños, y que sus gritos serán una máscara de enfado. En tanto, Juanjo sale de casa, cruza la puerta rumbo a la esquina donde subirá al ómnibus que lo traslada a la fábrica, en la puerta saluda a Nélida, que barre la vereda.
-Chau.
-Chau.
El aire matinal proyecta un velo traslúcido en cada exhalación de Nélida, el aire matinal está más frío porque ha salido el Sol de invierno en el pueblo y en Argentina. Y Nélida recuerda. Recuerda no muchos años atrás, cuando sus hijos eran pequeños, y su hermano, Rubén, para ayudarla, le instaló en ese cuarto que daba a la calle, un pequeño negocio de servicio de Internet, que fue un Cíber más en el auge tecnológico de aquellos tiempos. Recuerda las amarillentas computadoras que lo integraban, y las tardes en que ella atendía a los variopintos clientes de su modesta empresa: desde los púberes del barrio que jugaban a ser asesinos y gritaban permanentemente en el estrecho saloncito, hasta las señoras perfumadas que querían enviar un e-mail a su hijo exiliado del país por la crisis económica.
Nélida recuerda todo eso mientras barre la vereda, mientras sacude la escoba contra el árbol de naranjas agrias que, estúpidamente según ella, plantan las municipalidades en su provincia criolla, pues son árboles horribles, de poca sombra y frutos amargos, nada comparables a los elegantes plátanos que tapizan las veredas de Madrid. Nélida barre la vereda mientras recuerda aquel año en que atendía el Cíber que le instaló su hermano con el aguinaldo más unos pesos ahorrados que tenía. Oye un ruido en la cocina, es su hijo mayor, calentando el café, pronto saldrá rumbo a su trabajo, pedaleando alegremente hacia el almacén de don Genaro.
- Chau mamá, ¿te traigo algo?
- Si, un kilo de harina y cincuenta de levadura, decíle que me lo anote.
- Bueno, chau.
- Chau.
Nélida barre y recuerda. Recuerda aquel año en que apurados por la situación económica, y alentados por una mísera esperanza, hicieron ese esfuerzo grandísimo y pusieron el cíber-café en la piecita de adelante. Recuerda con que amable prestancia despachaba a los clientes:
-Hola señora Nelly ¿tiene máquina?
-Hola Brian, sí, sentáte en la cuatro… ¿tiempo libre?
-No, déme media hora.—decía el niño, mientras se sentaba, dando sutiles golpecitos a las teclas y manejando el mouse con una destreza que parecía innata.
Nélida, con la escoba en una mano, atisbando la neblina que se disipa en la calle, recuerda ese año en que su hermano le puso el negocito de seis viejas computadoras para paliar la situación de aquel año en que se le venció la pensión. Y recuerda también aquella mañana en que conversó por primera vez con Esteban, ese españolito loco que la hacía reír con las galanterías que escribía por internet, por esa entelequia fantasmal y comunicativa llamada Messenger.
Recuerda cuando, ante la mirada indiferente de Juanjo, se vestía casi de gala a las cuatro de la tarde para atender el negocio, para lucirse por la web-cam con Esteban. Recuerda aquel vestido escotado, aquellos pendientes cubanos, los zapatos de taco perfume, el excesivo maquillaje, las ganas locas de charlar mediante un teclado y una pantalla, con ese galleguito galante, locuaz, ingenioso, que se llamaba Esteban.
Nélida sostiene la escoba y recuerda. Aquello no ocurrió mucho tiempo atrás, apenas hace dos años, pero a ella le parece haberlo vivido siglos atrás. Se estremece, y se sostiene del naranjo agrio que tanto odia, porque recuerda lo que hizo por aquel españolito enamorado. Recuerda, incrédula, aquella tarde de invierno en que fue secretamente a la oficina de correo a buscar el pasaje que le enviaba su Quijote de la Mancha, como lo llamaba a pesar de no haber leído siquiera una página del famoso libro de Cervantes. Recuerda vagamente los intrincados trámites de adquisición del pasaporte, las horas de viaje a Buenos Aires; recuerda el silencio que guardara hasta el último momento, las ganas terribles de llorar pero también de reír, de romper todos los platos, que le provocaba aquella decisión. Nélida barre la vereda y recuerda, recuerda el preciso momento en que llamó por teléfono desde Ezeiza, antes de abordar un increíble avión, entre desconocidos e indiferentes pasajeros. Recuerda cuando llegó y Esteban la recibió, alegre, extraño, exaltado. Pronto la envolvió con lisonjas y modestos regalitos que eran todo para Nélida. Recuerda aquella loca aventura de ser joven nuevamente, y dejar todo y ser mujer, en los brazos de Esteban, en las calles de Madrid, en la Cuesta de San Vicente, en el Estanque del retiro, esos besos y esas borracheras diurnas con vino tinto y hoteles baratos, en aquel caliente laberinto que era Madrid aquel verano.
Nélida barre la vereda y recuerda, en silencio, con postura sacrosanta de vitral bizantino, aquella miserable existencia sudaca que hubo de sufrir luego de que Esteban desapareciera una mañana. Recuerda la simple nota que le dejara comunicándole que él tenía familia en Barcelona, que no se molestara en buscarlo, que habían sido los dos meses más maravillosos de su vida pero que era necesario ese fin.
Nélida barre y recuerda el hambre y la desesperación, la incertidumbre suprema en aquella pensión que consiguió, aquellas largas horas de trabajo para volver, de trabajo cruel que por el mísero dinero ejerció. Recuerda las largas llamadas a Argentina, los interminables perdones y culpas que se repartían con Juanjo, que lloraba sin fin. Recuerda finalmente el día que pudo regresar, cuando subió al avión sin un centavo, con la desesperanza de rehacer su vida moral en el pueblo, su imagen en el barrio, extrañando a su marido y a sus hijos. Recuerda parte del viaje de vuelta, y recuerda cuando su hermano la trajo desde Buenos Aires a este mismo pueblo, a esta misma casa cuya vereda ahora barre. Ahora Nélida aleja su mano del árbol, sonríe levemente. Luego entra a la casa y cierra la puerta.
CD
16-7-08
domingo, 16 de enero de 2011
martes, 14 de diciembre de 2010
MICRORRELATO
Extraña variedad
María del Carmen Lammoglia
(La aguja de Buffon - Tucumán)
Todos conocemos tejedoras de bufandas. Por lo general se trata de mujeres cercanas movidas por alguna pasión incierta. Madres, tías, o noviecitas dedicadas, que nos obsequian sus generosas ofrendas de lana entramada en Punto Arroz o Santa Clara. Habitualmente recibimos esas prendas invernales con gesto agradecido y con cierta sospecha de que quedarán olvidadas en el fondo del placard. Pero a veces ocurre la bienaventurada sorpresa: la bufanda es bonita, delicada y abrigada. Y la usamos con placer durante inviernos consecutivos, con doble satisfacción. Una, la que brinda la prenda per se: protección térmica cervical; la otra, el cariño que representa ese afortunado regalo.
Un cuento breve es por definición un pequeño tejido, dada su raíz etimológica: texto. Este es justamente el caso del libro Extraña variedad, de María del Carmen Lammoglia. Su sintética prosa se combina exquisitamente con una volátil imaginación, que en muchas ocasiones comporta un grave anclaje a la realidad, a la historia. Temas como el último vaso que bebió Lugones, la realidad política actual, el destino de nuestro entrañable Perrone, deslumbran al lector al cabo de una página de cuidada semántica y melodioso ritmo. Los microrrelatos del presente volumen hacen frecuentes referencias a personajes vernáculos del Tucumán de antaño, y con ello nos brindan la calidez de un abrigo. Así, quedarán en nuestra memoria por mucho tiempo, tal como esos regalos entrañables que nos abrigan durante los inviernos.
© LA GACETA
Extraña variedad
María del Carmen Lammoglia
(La aguja de Buffon - Tucumán)
Todos conocemos tejedoras de bufandas. Por lo general se trata de mujeres cercanas movidas por alguna pasión incierta. Madres, tías, o noviecitas dedicadas, que nos obsequian sus generosas ofrendas de lana entramada en Punto Arroz o Santa Clara. Habitualmente recibimos esas prendas invernales con gesto agradecido y con cierta sospecha de que quedarán olvidadas en el fondo del placard. Pero a veces ocurre la bienaventurada sorpresa: la bufanda es bonita, delicada y abrigada. Y la usamos con placer durante inviernos consecutivos, con doble satisfacción. Una, la que brinda la prenda per se: protección térmica cervical; la otra, el cariño que representa ese afortunado regalo.
Un cuento breve es por definición un pequeño tejido, dada su raíz etimológica: texto. Este es justamente el caso del libro Extraña variedad, de María del Carmen Lammoglia. Su sintética prosa se combina exquisitamente con una volátil imaginación, que en muchas ocasiones comporta un grave anclaje a la realidad, a la historia. Temas como el último vaso que bebió Lugones, la realidad política actual, el destino de nuestro entrañable Perrone, deslumbran al lector al cabo de una página de cuidada semántica y melodioso ritmo. Los microrrelatos del presente volumen hacen frecuentes referencias a personajes vernáculos del Tucumán de antaño, y con ello nos brindan la calidez de un abrigo. Así, quedarán en nuestra memoria por mucho tiempo, tal como esos regalos entrañables que nos abrigan durante los inviernos.
© LA GACETA
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Duermes
El mar de tu silencio inunda mi rostro
en la noche pálida y un poco turquesa
por un hilo de luz que se cuela
por la mezquindad de la celosía
Afuera descansa el mundo de sus anhelos
y sus precipitaciones
afuera los rectos ciudadanos duermen
sus sueños de electrodomésticos
de viajes al exterior
de facilidades de pago
o quizás
tienen pesadillas
que se convertirán
en augurios nefastos
o en números de quiniela.
Afuera brilla la ciudad
el amarillo de las avenidas
los carteles luminosos y las vidrieras
que esperan
y buscan
miradas que no están
porque hay un desierto
un páramo de cuatro de la madrugada
de cinco de la madrugada
los diarios irrumpen por debajo de las puertas
cargados de noticias
que pronto serán olvidadas
A mi lado, en la cama silenciosa
duermes
te veo
Luego giro un poco
entre las sábanas
y me tiro un pedo.
El mar de tu silencio inunda mi rostro
en la noche pálida y un poco turquesa
por un hilo de luz que se cuela
por la mezquindad de la celosía
Afuera descansa el mundo de sus anhelos
y sus precipitaciones
afuera los rectos ciudadanos duermen
sus sueños de electrodomésticos
de viajes al exterior
de facilidades de pago
o quizás
tienen pesadillas
que se convertirán
en augurios nefastos
o en números de quiniela.
Afuera brilla la ciudad
el amarillo de las avenidas
los carteles luminosos y las vidrieras
que esperan
y buscan
miradas que no están
porque hay un desierto
un páramo de cuatro de la madrugada
de cinco de la madrugada
los diarios irrumpen por debajo de las puertas
cargados de noticias
que pronto serán olvidadas
A mi lado, en la cama silenciosa
duermes
te veo
Luego giro un poco
entre las sábanas
y me tiro un pedo.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
La avenida Kirchner, un homenaje a las apuradas.
Hace unos pocos días murió el ex presidente de la República Argentina, Néstor Kirchner. Y desde hace menos días aún, existe una avenida con su nombre en el lado oeste de la ciudad de San Miguel de Tucumán. El Honorable Concejo Deliberante no tuvo reparos en sesionar rápidamente aprobando el cambio de nombre de la Avenida Roca, desde Avenida Alem hasta el empalme con la Ruta Nacional 38, por el de Avenida Presidente Néstor Kirchner Esa demostración de las habilidades ejecutivas y obsecuentes de nuestros representantes dio como resultado una apresurada 'lavada de cara' de la ya deteriorada ex avenida Presidente Roca, consolidando un craso paisaje.
Tan rápido fue todo: el deceso de Kirchner, el bombardeo de especulaciones sobre el futuro político del país por parte del periodismo opositor, las inacabables apologías de los medios oficialistas, que faltaban las horas del día para poder atender tantas campanas. Pero nunca es poco cuando sobreviene una noticia tan nefasta para unos y tan admonitoria para otros. Los menos, claro está, buscaron la mesura, el recato y el respeto ante la muerte. Pocos fueron los que callaron y suspendieron el juicio ante el hecho político más importante del año.
Nuestros funcionarios no se incluyeron en ese conjunto. Inmediatamente se sumaron a los muchísimos homenajes y ruidosos discursos laudatorios hacia el difunto desde el peronismo, que trata de mitificar la imagen del kirchnerismo, en vista a las próximas elecciones.
Pero en Tucumán fuimos un paso más allá, y nos pusimos a la altura de Rio Gallegos, donde también se cambió el nombre de una calle, que casualmente se llamaba Presidente Roca. Con la única diferencia que esa determinación forzó la renuncia de la titular de la Comisión de Toponimia, Edda Zanarello. La funcionaria dijo a una radio de Río Gallegos: “siempre en un cambio de nombre o la imposición de un nombre a una calle no nominada, pasa por la Comisión de Toponimia, pero acá a los concejales les agarró un ataque de urgencia e hicieron todo a ese nivel sin que pasara por la comisión de vecinos que, con mucho gusto, hubiera aportado como lo hacemos siempre.”
Mientras tanto en nuestra ciudad, nadie renunció, ningún funcionario expresó malestar por haber sido “puenteado” en la instrucción de urgencia de tamaña medida. Finalmente hoy, tenemos una avenida cuyo maquillaje nos recuerda el rostro de una vieja meretriz que ya no tiene paciencia para detalles como corregir el rubor o arquearse las pestañas con esmero. Una veloz aplicación de rouge, un poco de perfume barato, y nuevamente a la calle.
Y para comprobar esto, Nueva Sustancia recorrió la avenida Kirchner (inútil llamarla flamante) y pudo observar la inmensa diferencia entre lo nominal y lo real de la avenida en cuestión. La importante arteria presenta innumerables baches, saltos, precarios arreglos que son resabio de obras de la compañía de aguas SAT y sus incursiones cloacales, además de pozos de todas formas y tamaños. Sobre ese terreno escabroso, y sobre el peligro que representa para ciclistas y motociclistas, se pintaron líneas blancas que marcan carriles que ignoran los conductores de camiones, taxis, colectivos, automóviles y temblequeantes ciclistas que por ella transitan. Hay obreros municipales decorando los postes de luz, los árboles de la platabanda, los cordones de las aceras, ensayando sendas peatonales, etcétera.
Obviamente, el caos vehicular domina el panorama, como de costumbre, sobre el mismo cemento agrietado y mal parchado, pero con otro nombre, un nombre que nos recordará durante mucho tiempo la obsecuencia y la falta de sentido común, de auténtica buena voluntad de la dirigencia política para solucionar los verdaderos problemas de los ciudadanos.
Si comúnmente a las avenidas se les llama “arterias”, a esos baches y montículos de desprolijo y peligroso asfalto podríamos llamarlos “ateromas”. Y esperemos que sólo hasta allí llegue la comparación. Porque se llame como se llame, los vecinos necesitan, más que de la pintura y las inauguraciones, del circo político sobre un terreno escabroso, de la buena salud de la ex avenida Roca.
Tan rápido fue todo: el deceso de Kirchner, el bombardeo de especulaciones sobre el futuro político del país por parte del periodismo opositor, las inacabables apologías de los medios oficialistas, que faltaban las horas del día para poder atender tantas campanas. Pero nunca es poco cuando sobreviene una noticia tan nefasta para unos y tan admonitoria para otros. Los menos, claro está, buscaron la mesura, el recato y el respeto ante la muerte. Pocos fueron los que callaron y suspendieron el juicio ante el hecho político más importante del año.
Nuestros funcionarios no se incluyeron en ese conjunto. Inmediatamente se sumaron a los muchísimos homenajes y ruidosos discursos laudatorios hacia el difunto desde el peronismo, que trata de mitificar la imagen del kirchnerismo, en vista a las próximas elecciones.
Pero en Tucumán fuimos un paso más allá, y nos pusimos a la altura de Rio Gallegos, donde también se cambió el nombre de una calle, que casualmente se llamaba Presidente Roca. Con la única diferencia que esa determinación forzó la renuncia de la titular de la Comisión de Toponimia, Edda Zanarello. La funcionaria dijo a una radio de Río Gallegos: “siempre en un cambio de nombre o la imposición de un nombre a una calle no nominada, pasa por la Comisión de Toponimia, pero acá a los concejales les agarró un ataque de urgencia e hicieron todo a ese nivel sin que pasara por la comisión de vecinos que, con mucho gusto, hubiera aportado como lo hacemos siempre.”
Mientras tanto en nuestra ciudad, nadie renunció, ningún funcionario expresó malestar por haber sido “puenteado” en la instrucción de urgencia de tamaña medida. Finalmente hoy, tenemos una avenida cuyo maquillaje nos recuerda el rostro de una vieja meretriz que ya no tiene paciencia para detalles como corregir el rubor o arquearse las pestañas con esmero. Una veloz aplicación de rouge, un poco de perfume barato, y nuevamente a la calle.
Y para comprobar esto, Nueva Sustancia recorrió la avenida Kirchner (inútil llamarla flamante) y pudo observar la inmensa diferencia entre lo nominal y lo real de la avenida en cuestión. La importante arteria presenta innumerables baches, saltos, precarios arreglos que son resabio de obras de la compañía de aguas SAT y sus incursiones cloacales, además de pozos de todas formas y tamaños. Sobre ese terreno escabroso, y sobre el peligro que representa para ciclistas y motociclistas, se pintaron líneas blancas que marcan carriles que ignoran los conductores de camiones, taxis, colectivos, automóviles y temblequeantes ciclistas que por ella transitan. Hay obreros municipales decorando los postes de luz, los árboles de la platabanda, los cordones de las aceras, ensayando sendas peatonales, etcétera.
Obviamente, el caos vehicular domina el panorama, como de costumbre, sobre el mismo cemento agrietado y mal parchado, pero con otro nombre, un nombre que nos recordará durante mucho tiempo la obsecuencia y la falta de sentido común, de auténtica buena voluntad de la dirigencia política para solucionar los verdaderos problemas de los ciudadanos.
Si comúnmente a las avenidas se les llama “arterias”, a esos baches y montículos de desprolijo y peligroso asfalto podríamos llamarlos “ateromas”. Y esperemos que sólo hasta allí llegue la comparación. Porque se llame como se llame, los vecinos necesitan, más que de la pintura y las inauguraciones, del circo político sobre un terreno escabroso, de la buena salud de la ex avenida Roca.
Piquito de oro
GUSTAVO FERREYRA
(Seix Barral - Buenos Aires)
Ambientadas en la Argentina histórica del año 2002, luego de la crisis institucional de diciembre de 2001, dos historias paralelas se delinean en el libro.
Por un lado, un médico es asesinado en la vía pública, y se inicia la consecuente investigación judicial que busca al responsable, aún dentro de la familia del muerto. Por otra parte, la historia de un sociólogo que se dice huérfano a los 33 años, quien convive con una respetada filósofa menopáusica, y que recuerda permanentemente su infancia, y la alegría perdida por la educación y la madurez, aquella infancia cuando era un niño locuaz y (según él) gracioso, cuando era un "Piquito de oro" para sus difuntos padres.
De este modo, el sociólogo desocupado en el país de aquella época, resulta el protagonista del libro. Con innumerables rumiaciones de tintes marxistas, académicas, pesimistas, nihilistas, ese incómodo narrador, "Piquito", recorrerá junto al lector dispuesto a acompañarlo, las experiencias más inocuas y más sórdidas de la vida cotidiana. Referencias escatológicas abundan en la lengua del verborrágico Piquito, quien viste pijamas, carece de filtros éticos en sus reflexiones, y abusa de los diminutivos.
Dos diferentes esquemas narrativos enfrentan al lector desde la primera página. La farragosa locuacidad de Piquito es presentada en forma de diario, mientras que la sumatoria de los sucesos que vive la familia del médico asesinado, ha de ser leída en estilo directo, narrador omnisciente mediante.
Dos historias, dijimos, habitan el volumen. Esas historias, con sus pocos acaecimientos, con sus estériles situaciones, dejan abierto el horizonte para un análisis sociológico de lo que vivió el país en esos críticos años.
Es escaso el desarrollo de la acción en sendas historias y ello parece multiplicar el objetivo número de 279 páginas que conforman el libro. Sin embargo algo es novedoso: no sabemos si, técnicamente se trata de una novela.
GUSTAVO FERREYRA
(Seix Barral - Buenos Aires)
Ambientadas en la Argentina histórica del año 2002, luego de la crisis institucional de diciembre de 2001, dos historias paralelas se delinean en el libro.
Por un lado, un médico es asesinado en la vía pública, y se inicia la consecuente investigación judicial que busca al responsable, aún dentro de la familia del muerto. Por otra parte, la historia de un sociólogo que se dice huérfano a los 33 años, quien convive con una respetada filósofa menopáusica, y que recuerda permanentemente su infancia, y la alegría perdida por la educación y la madurez, aquella infancia cuando era un niño locuaz y (según él) gracioso, cuando era un "Piquito de oro" para sus difuntos padres.
De este modo, el sociólogo desocupado en el país de aquella época, resulta el protagonista del libro. Con innumerables rumiaciones de tintes marxistas, académicas, pesimistas, nihilistas, ese incómodo narrador, "Piquito", recorrerá junto al lector dispuesto a acompañarlo, las experiencias más inocuas y más sórdidas de la vida cotidiana. Referencias escatológicas abundan en la lengua del verborrágico Piquito, quien viste pijamas, carece de filtros éticos en sus reflexiones, y abusa de los diminutivos.
Dos diferentes esquemas narrativos enfrentan al lector desde la primera página. La farragosa locuacidad de Piquito es presentada en forma de diario, mientras que la sumatoria de los sucesos que vive la familia del médico asesinado, ha de ser leída en estilo directo, narrador omnisciente mediante.
Dos historias, dijimos, habitan el volumen. Esas historias, con sus pocos acaecimientos, con sus estériles situaciones, dejan abierto el horizonte para un análisis sociológico de lo que vivió el país en esos críticos años.
Es escaso el desarrollo de la acción en sendas historias y ello parece multiplicar el objetivo número de 279 páginas que conforman el libro. Sin embargo algo es novedoso: no sabemos si, técnicamente se trata de una novela.
Ajuste de cuentos
OSVALDO FASOLO
(UNT - Tucumán)
Es un libro con estilos variables, en el que se mezclan fraseos largos y justos.
El libro, recientemente presentado en el Centro Cultural Eugenio Flavio Virla, nos trae una selección de microrrelatos, de cuentos y de poemas; escritos varios cuya redacción data de los años setenta. De anteriores volúmenes pertenecientes al autor, como El hombre que yo inventé o De mil amores, los opúsculos conservan un carácter común, como si se tratara de textos pertenecientes a un único volumen. Algunos curiosamente anecdóticos, otros impactantes, teñidos de crueldad, de historias cotidianas y terribles, los relatos nos abren las puertas extrañas de un mundo extraño, pero real. Valga como ejemplo la experiencia de mundos paralelos que se entrecruzan en Las Manchas, uno de los cuentos; cargado de situaciones comunes y de diálogos de entrecasa, pero narrado con magnética fuerza.
El autor, a quien ya conocemos por su programa radial Perdidos en el Paraíso en Radio Universidad Tucumán, despliega una prosa certera, minimalista en algunos casos, florida y populosa en otros. Siempre efectiva. El universo en que suceden las historias es una especie de cosmos misterioso y simple, o viceversa. Con lo cual el lector obtiene resplandores del campo y de la pobre ciudad. El lector ingresa en un tiempo y un espacio sólo recuperable mediante el obstinado recuerdo, o el recuerdo de historias legadas por la tradición. El desenlace trágico, con su espíritu griego y un rostro criollo, acecha permanentemente tras los recodos de las historias. Personajes postrados parecen obsesionar al autor: una cama sudorosa o un pobre padre con los "pulmones enfermos". En tono siniestro, una broma, un descuido, un juego pueden siempre iniciar un derrotero fatal.
El estilo variable del libro, a veces en extremo seco, justo, mínimo pero suficiente, se combina con fraseos largos pero no pesados. La acción en las historias marcha a buen ritmo, ágil, terrible, como en los cuentos de Flannery O’Connor, o como en ese presuroso río de sucesos que ingenuamente llamamos realidad.
OSVALDO FASOLO
(UNT - Tucumán)
Es un libro con estilos variables, en el que se mezclan fraseos largos y justos.
El libro, recientemente presentado en el Centro Cultural Eugenio Flavio Virla, nos trae una selección de microrrelatos, de cuentos y de poemas; escritos varios cuya redacción data de los años setenta. De anteriores volúmenes pertenecientes al autor, como El hombre que yo inventé o De mil amores, los opúsculos conservan un carácter común, como si se tratara de textos pertenecientes a un único volumen. Algunos curiosamente anecdóticos, otros impactantes, teñidos de crueldad, de historias cotidianas y terribles, los relatos nos abren las puertas extrañas de un mundo extraño, pero real. Valga como ejemplo la experiencia de mundos paralelos que se entrecruzan en Las Manchas, uno de los cuentos; cargado de situaciones comunes y de diálogos de entrecasa, pero narrado con magnética fuerza.
El autor, a quien ya conocemos por su programa radial Perdidos en el Paraíso en Radio Universidad Tucumán, despliega una prosa certera, minimalista en algunos casos, florida y populosa en otros. Siempre efectiva. El universo en que suceden las historias es una especie de cosmos misterioso y simple, o viceversa. Con lo cual el lector obtiene resplandores del campo y de la pobre ciudad. El lector ingresa en un tiempo y un espacio sólo recuperable mediante el obstinado recuerdo, o el recuerdo de historias legadas por la tradición. El desenlace trágico, con su espíritu griego y un rostro criollo, acecha permanentemente tras los recodos de las historias. Personajes postrados parecen obsesionar al autor: una cama sudorosa o un pobre padre con los "pulmones enfermos". En tono siniestro, una broma, un descuido, un juego pueden siempre iniciar un derrotero fatal.
El estilo variable del libro, a veces en extremo seco, justo, mínimo pero suficiente, se combina con fraseos largos pero no pesados. La acción en las historias marcha a buen ritmo, ágil, terrible, como en los cuentos de Flannery O’Connor, o como en ese presuroso río de sucesos que ingenuamente llamamos realidad.
Los libros... sí muerden
ENRIQUE PREVEDEL
(El Copista - Córdoba)
Los libros necesitan apólogos, inferimos al leer esta colección de ensayos de Enrique Prevedel, que fueran publicados en LA GACETA Literaria a través de los últimos siete años. La idea de un libro que defienda la lectura de otros libros es un tanto extraña, pero a la luz de estos concisos textos, cobra absoluto significado y necesidad.
El autor trata problemáticas corrientes en los ámbitos intelectuales. Por ejemplo: qué clase de lectores existen, la adecuada lectura de los clásicos, el libro como objeto precioso, o los efectos del hábito de la lectura en el espíritu. Para ello abarca siglos de literatura con abundantes citas a grandes escritores, tales como Shakespeare, Quevedo o Cervantes, siempre con el mismo objetivo: defender lo que Borges llamara el "culto de los libros".
El título invierte el viejo refrán y nos dice: los libros sí muerden. Y en efecto, trazan huellas en el alma, que como las cicatrices que nos dejan los años, quedan para siempre.
LA GACETA
ENRIQUE PREVEDEL
(El Copista - Córdoba)
Los libros necesitan apólogos, inferimos al leer esta colección de ensayos de Enrique Prevedel, que fueran publicados en LA GACETA Literaria a través de los últimos siete años. La idea de un libro que defienda la lectura de otros libros es un tanto extraña, pero a la luz de estos concisos textos, cobra absoluto significado y necesidad.
El autor trata problemáticas corrientes en los ámbitos intelectuales. Por ejemplo: qué clase de lectores existen, la adecuada lectura de los clásicos, el libro como objeto precioso, o los efectos del hábito de la lectura en el espíritu. Para ello abarca siglos de literatura con abundantes citas a grandes escritores, tales como Shakespeare, Quevedo o Cervantes, siempre con el mismo objetivo: defender lo que Borges llamara el "culto de los libros".
El título invierte el viejo refrán y nos dice: los libros sí muerden. Y en efecto, trazan huellas en el alma, que como las cicatrices que nos dejan los años, quedan para siempre.
LA GACETA
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